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Amor mío:
Por Sonia Santoro | 15.2.2006

El día de los enamorados -consumo aparte- es la excusa perfecta para recuperar un género literario algo extinto: la carta de amor. Es en ella donde encuentros y desencuentros son narrados por los amantes para un público tan escueto como dos. Por eso la curiosidad, la tentación, el interés que genera leer las cartas ajenas. Aquí, algunas reflexiones sobre lo que escriben las y los amantes. Y, de yapa, algunas cartas de amor de personas famosas y de las otras.

La leyenda dice que Valentino fue un cura romano decapitado por el emperador Claudio II, en el siglo tercero, porque se dedicó a casar parejas. Como el emperador creía que los soldados casados no rendían tanto para la guerra como los solteros, lo condenó a la muerte. Fue ejecutado el 14 de febrero del año 270. Y declarado San Valentín, tiempo más tarde. Mucho después alguien convirtió ese día en el de San Valentín, fecha generadora de consumos varios pero que hoy nos sirve de excusa para abrir cajones, cajitas, mesas de luz, diarios y demás cubículos íntimos, para meternos en el género epistolar, uno de los más tentadores e inagotables porque quién no ha escrito alguna vez una carta de amor. Mi amor. Mi cosita. Querido mío. Adorado: Aahh, las cartas de amor.

La distancia, y teniendo en cuenta que para el enamorado un paso puede ser una distancia abismal, es el estímulo por excelencia para este tipo de escritura. Porque no estás, decido escribirte. "Yo también he escrito cartas, como Yann a mí, durante dos años, a alguien que nunca había conocido. Luego llegó Yann. Remplazó las cartas", dirá la escritora Marguerite Duras. Porque no puedo estar con vos, y te pienso, es que te narro.

Adorada cursilería

No importa qué ni cómo escribir, porque, como ha dicho el portugués Fernando Pessoa (1888-1935), la carta de amor es en sí misma ridícula ("Todas las cartas de amor son ridículas, no serían cartas de amor si no fuesen ridículas"). No importa la cursilería, porque no es cursi para quien la escribe ni para el que la recibe. No es necesario tener algo para decir, alcanza con sentir el deseo de escribirla. "¿Por qué he recurrido de nuevo a la escritura? No hace falta, querida, plantear cuestión tan clara, porque en verdad no tengo nada que decirte; tus queridas manos, de todos modos, recibirán esta esquela" (Johann Goethe).

Importa poco si quien escribe es literato o un ignorante sobre las artes de la buena escritura. Al momento de hacer una carta de amor, no es la gramática la que guía (aunque hay cartas de amor que son preciosos poemas y el campo de las letras está plagado de ellas).  "Lo que bloquea la escritura amorosa es la ilusión de expresividad", dirá Roland Barthes (Fragmentos de un discurso amoroso). Para agregar: "Querer escribir el amor es afrontar el embrollo del lenguaje: esa región de enloquecimiento donde el lenguaje es demasiado y demasiado poco." Así, al enamorado, por ejemplo, le es imposible nombrar a su amor: "cara, levadura de mi vida, color de mi retina, perfume, sol" o "amor, donna mía, ídolo, dolor" todo eso dice el escritor italiano Italo Calvino a su amante.

De manuales y maestros

Por supuesto que a algunos se les hace más dificultoso que a otros, será por eso que en los '60, en España, se hicieron populares los manuales para escribir cartas de amor. En ellos se podía encontrar modelos de cartas de todo tipo y para cualquier situación: para pedir relaciones, declaraciones de amor, cartas de muchachas aceptando una declaración de amor, rechazando la relación, declaración de un hombre de cierta edad a una mujer más joven, declaración de un soltero a una viuda, carta de celos, carta a un padre para pedir la mano de su hija o una carta para romper una relación.

Los profesores de literatura también saben dar instrucciones para escribir con corrección (por ejemplo: "Pensar desde qué estado anímico se va a escribir: rencor, euforia, tristeza, desamor, nostalgia... Hay que tener en cuenta, también, que resultará más fácil confeccionar una carta de amor que se ajuste a los sentimientos actuales del autor."). También existieron y existen aún personas que cobran por el trabajillo de escribir una buena misiva de amor (lo de buena lo juzga el que no es capaz de escribirla, claro) o sino recuerden la película brasilera Estación central, donde Dora, sentada en la estación ferroviaria de Río de Janeiro, vive

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